
La formación contribuye al desarrollo de las personas para que alcancen los objetivos de la propia organización. Por tanto, no sólo actúa sobre el trabajador, sino también sobre la empresa.
La aparición en las empresas de nuevas herramientas de trabajo, de tareas más especializadas y de nuevos perfiles ocupacionales implica una evolución constante en la adquisición de conocimientos y habilidades. Las empresas que no quieren perder el camino del progreso deben ver en la formación una inversión que contribuye al incremento de su rentabilidad.
La formación debe ser un instrumento básico de la política de recursos humanos que ha de responder a las necesidades formativas reales de la propia organización y de los trabajadores, y que permitirá mantener y mejorar la competitividad y la capacidad de adaptación frente a los cambios industriales, económicos, tecnológicos y sociales.